HIJO DE PAZ (31)

Bienvenido Jesús

Somos una familia pobre, vivimos en un lugar muy difícil, en una vereda con proyecto de llegar a ser barrio, ubicada en las montañas que circundan la ciudad de Bogotá. Estamos construyendo una casa de madera, latones, bloques y uno que otro ladrillo suelto. Estamos dentro de una comunidad de unas 14.000 personas, familias enteras provenientes de diferentes lugares del país, unos, víctimas del desplazamiento por la violencia, otros buscando nuevos caminos en la capital, otros huyendo de situaciones peores.

Vivo con mi esposa y dos hijos, niño y niña. Un día muy temprano nos encontrábamos tomando el desayuno, charlando acerca de nuestra situación, la falta de un trabajo estable, la educación de nuestros hijos, la salud, en fin, el desánimo que inundaba nuestro hogar, nuestros hijos escuchando en silencio, en una casa donde parecía que se había agotado la esperanza.   

De repente unos golpes suaves pero firmes sonaron en la puerta de madera,

En cualquier casa donde entréis, primeramente decid: Paz sea a esta casa.  (Lucas 10:5 RVR1960)

Dos personas jóvenes, sencillas, en la puerta, sus ojos brillaban de una manera inusual, con una sonrisa respetuosa nos saludaron y nos pidieron unos minutos para para compartir una Historia. Mi esposa que es tan atenta los invitó a pasar y les ofreció una taza de café caliente.

Una Historia que cambiaría el rumbo de nuestras vidas…

Durante los siguientes minutos, nos hablaron de Alguien que había venido a traernos perdón, paz y una esperanza viva que perdurará para siempre. De un Amor que no dependía de las circunstancias materiales. Y con mucha ternura sacaron de sus morrales una Biblia, y nos dijeron: “Sabemos que los tiempos son difíciles, pero les traemos un regalo que a nosotros nos cambió la vida. Estamos seguros que cambiará la de ustedes”. Oraron y se fueron.

La casa quedó en silencio, pero por primera vez en años ese silencio no fue de angustia, sino de profunda reflexión, los niños seguían ahí, mirándonos con los ojos muy abiertos, cautivados con la Historia que habían escuchado, y nos pareció que algo había pasado. Mi esposa sintió un nudo en la garganta, pero no de tristeza sino de alivio.

Los misioneros se fueron, pero el Mensaje quedó para siempre. Nuestra situación no cambió mágicamente de la noche a la mañana, pero nosotros sí cambiamos.  Nuestra casa se llenó de risas, oración y sobre todo de una paz que las crisis ya no nos pudieron robar.

El evangelio transformó nuestra desesperación en fe.

Antonio.

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