
¿Alguien desconocido?
El Anonimato no es una palabra muy popular en nuestro medio. Donde la mayoría busca reconocimiento, no es común encontrar el bien sin saber quién.
Pero existe un principio oculto, lleno de poder, que el Cielo utiliza para Sus grandes Obras. El anonimato como un principio espiritual de humildad, de servicio oculto y dependencia de Dios, donde las acciones se hacen sin buscar la fama ni el reconocimiento humano.
En nuestra búsqueda del Hijo de Paz la mayoría de personas que contactamos son anónimas, Dios obra de maneras prodigiosas a través de cada uno y una de ellos y ellas, sin que el mundo sepa cómo…
Es el caso de esta mujer, cuyo mensaje al no tener un firmante conocido, el mensaje adquiere un valor divino, universal, eterno.
No llevéis bolsa, ni alforja, ni calzado; y a nadie saludéis por el camino. (Lucas 10:4)
Vivo en una ciudad de Colombia. La mayor parte de mi vida cargué muchas bolsas, alforjas, llenas de dolor, de rechazo, discriminación y temor. Mi vida estaba marcada por un recorrido constante supervivencia emocional, donde el entorno familiar, laboral y social se convirtieron en espacios hostiles que vulneraban mi dignidad como persona. El peso del rechazo constante, me hacía sentirme indigna, desplazada o no bienvenida. Estas agresiones terminaron por acabar con mi confianza y mi propia valía personal.
Dios obra de maneras maravillosas. Una Facilitadora de la Fundación Satura Colombia llegó a mi vida, y todo cambió. Juntas encontramos pequeños reductos de paz, de introspección, de oración, generamos vínculos genuinos y seguros. Con el tiempo, el miedo y la ansiedad fueron dando paso a una nueva esperanza.
A través de esos espacios de escuchar y acompañar, he descubierto que mi vida tiene un valor profundo y que Dios me estaba buscando. En mi corazón nació un profundo amor por Jesús y el deseo de seguirle.
Hoy afirmo con todo mi corazón que todo vale la pena por servir a Cristo. Él cambió mi vida. Me preparó y ahora comparto ese amor con otras mujeres de mi comunidad, animándolas a creer que ninguna historia anónima está perdida cuando Dios comienza a escribir un nuevo capítulo.
Escrita por mi propia mano…